Moda y Gentrificación: La Nueva Hegemonía Visual de los Barrios en Transformación

Hay una pregunta a la que vuelvo cada vez que camino por un barrio que está cambiando, y me refiero a uno que está cambiando de verdad, no solo recibiendo una mano de pintura nueva. La pregunta no es quién es dueño de los edificios. Es quién es dueño del look.

La gentrificación ha sido descrita por Sharon Zukin como un proceso en el que el capital, las clases medias globales y las industrias culturales reconfiguran barrios históricamente obreros, transformando no solo sus estructuras económicas sino también sus identidades simbólicas. Lo que Zukin identificó hace décadas se despliega hoy a una velocidad acelerada, y la moda se ha convertido en uno de los instrumentos más precisos para leerlo. No la alta moda. La ropa de todos los días. El lenguaje de la calle.

La Ciudad como Código de Vestimenta

La cultura, argumentaba Zukin, opera como un mecanismo de legitimación. Vuelve ciertos territorios deseables para una nueva élite urbana, desplazando prácticas anteriores y reorganizando la vida social del barrio. No se trata solo de estética, se trata de quién pertenece y quién no. Y pocas cosas señalan pertenencia con tanta eficiencia como lo que uno viste.

Durante la última década, la llegada masiva de nómadas digitales ha intensificado estas transformaciones de maneras que las teorías anteriores sobre gentrificación no anticipaban del todo. Investigaciones en ciudades como Delhi documentan cómo la presencia de trabajadores remotos internacionales altera los mercados de vivienda, sube los precios de los alquileres y reconfigura el paisaje comercial, generando tensiones visibles entre residentes de larga data y consumidores globales. El estudio no se enfoca explícitamente en la moda, pero describe una transformación profunda en los hábitos de consumo y la vida pública que inevitablemente llega al cuerpo.

El nomadismo digital ha evolucionado de un fenómeno marginal a un movimiento global, impulsado por tecnologías digitales, plataformas de alojamiento y la expansión del trabajo remoto. Como señala Bozzi (2024), los nómadas digitales generan nuevas demandas urbanas, espacios de coworking, coliving, cafeterías de especialidad, que contribuyen a la gentrificación al aumentar los costos y reconfigurar la oferta comercial. Estas transformaciones frecuentemente llegan acompañadas de aumentos de alquiler de dos dígitos en barrios donde convergen el turismo, la movilidad internacional y los arrendamientos a corto plazo. El barrio cambia. Y el código de vestimenta cambia con él.

Los Cuerpos como Territorio

En este contexto, la moda emerge como un lenguaje que traduce la transformación territorial en algo visible, llevable y socialmente legible. Los nuevos residentes tienden a adoptar códigos de vestimenta asociados a estilos de vida de clase media global: prendas funcionales, materiales técnicos, básicos con diseño, accesorios vinculados al trabajo remoto y el consumo cultural. Estos códigos no se imponen por la fuerza. No necesitan serlo. Se vuelven dominantes simplemente acumulando presencia, inscritos en suficientes cuerpos, en suficientes cafeterías, en suficientes calles, hasta que empiezan a definir cómo se ve el barrio.

La moda, en este sentido, hace algo más que reflejar el cambio urbano. Participa en la construcción de un imaginario que legitima ciertas formas de vivir por encima de otras. El cuerpo se convierte en territorio. Y los territorios, como sabemos, pueden ser apropiados.

La pregunta clave es cómo responden los residentes locales a esta hegemonía estética. Las investigaciones sobre movilidad global sugieren que los nómadas digitales introducen nuevos valores, hábitos y estéticas que frecuentemente son adoptados por los locales, en particular las generaciones más jóvenes que buscan integrarse a los circuitos globales. En barrios gentrificados de Lisboa, Ciudad de México, Medellín, Bangkok o Barcelona emerge un patrón recurrente: los jóvenes locales comienzan a adoptar los códigos estéticos asociados a los recién llegados. No necesariamente por admiración. Con frecuencia por aspiración, presión social, o por la necesidad de no parecer fuera de lugar en espacios que han sido transformados a su alrededor.

La moda se convierte, en esta dinámica, en una estrategia de movilidad simbólica. Una forma de alinearse con un imaginario cosmopolita que promete oportunidad, visibilidad y estatus. La promesa es suficientemente real como para ser convincente. El costo rara vez se calcula de antemano.

El Borrado que Ocurre en Silencio

Cuando un barrio abraza una estética globalizada, los estilos locales no desaparecen de la noche a la mañana. Pierden visibilidad, prestigio y eventualmente legitimidad dentro del nuevo orden simbólico. El estudio sobre Delhi documenta la sustitución de negocios tradicionales por establecimientos orientados a consumidores globales, una estandarización estética del espacio que inevitablemente influye en cómo los residentes se visten y se representan a sí mismos en él. En Europa del Este, investigaciones sobre gentrificación muestran cómo la llegada de trabajadores móviles desplaza no solo a comunidades vulnerables, como la población roma en Cluj-Napoca, sino también sus prácticas culturales. La moda local, en este proceso, puede quedar reducida a un vestigio. O transformada en mercancía decorativa para consumo turístico.

Pienso en lo que esto significa para ciudades como Medellín, donde la gentrificación de barrios como El Poblado y Laureles ha sido ampliamente documentada. La estética del barrio paisa, sus texturas, sus colores, su relación específica entre el cuerpo y el clima tropical, está siendo reemplazada cuadra a cuadra por la gramática visual uniforme de la clase creativa global. No porque alguien haya decidido borrarla. Sino porque nadie decidió protegerla.

Así opera la hegemonía visual: no a través de la prohibición, sino mediante la acumulación lenta de alternativas que parecen más deseables.

La Resistencia y Sus Límites

A pesar de todo esto, la resistencia persiste. En muchos barrios, los colectivos locales responden reivindicando sus propias estéticas, reviviendo prácticas artesanales, o creando microescenas alternativas que desafían la homogeneización global. Estas respuestas son reales y tienen peso. Pero operan con menos recursos y menos visibilidad que la estética dominante asociada a la movilidad internacional y el consumo de la economía creativa.

La moda, entonces, ocupa una posición ambivalente en esta historia. Es síntoma, archivo y a veces resistencia. Puede homogeneizar paisajes urbanos reproduciendo códigos globales, pero también puede documentar, preservar y reinterpretar estéticas locales amenazadas por la presión inmobiliaria. La misma prenda puede hacer las dos cosas simultáneamente, dependiendo de quién la lleva y qué está eligiendo no llevar.

La Pregunta que Hace el Espejo

La pregunta que persiste, y que no puedo resolver de manera prolija, es cómo narrar, vestir y habitar la ciudad sin contribuir al borrado de quienes la hicieron posible.

Escribo esto como alguien que se mueve entre culturas, que ha construido una marca que vende prendas a personas que viajan, que trabaja en la intersección del diseño y las economías creativas. Yo no estoy fuera de esta dinámica. Ninguno de los que nos beneficiamos de la movilidad global lo estamos. La posición incómoda del cosmopolita que también valora las culturas locales no es una contradicción que resolver. Es una tensión que sostener, conscientemente.

La gentrificación no solo transforma el territorio. Transforma los cuerpos que lo habitan, los gestos que lo atraviesan y las estéticas que lo narran. Y es precisamente en esa superficie, la piel, la ropa, la mirada, donde se está decidiendo una de las luchas simbólicas más silenciosas y determinantes de nuestro tiempo.

La moda, vista así, es un espejo incómodo. Revela no solo quiénes somos, sino también a quiénes estamos dejando atrás.


Referencias

Zukin, S. (1987). Gentrification: Culture and capital in the urban core. Annual Review of Sociology, 13, 129–147.

Bozzi, N. (2024). Digital nomadism from the perspective of places and mobilities: A literature review. ResearchGate.

Investigación sobre gentrificación y nómadas digitales en Delhi (2025). ResearchGate.

JSTOR Daily. Gentrificación global y sus efectos en comunidades vulnerables, incluyendo poblaciones roma en Europa del Este.

4 comentarios

  1. La pregunta q me haría es y ¿como transforma la localidad al agente cosmopolita que la visita?

    En relación a detener el borrado, creo que no es posible, es una dinámica existente. Ademas porque hay cuerpos en los que no hay borrado. No veo a mis tios cambiando sus codigos.

    • Gloria, muchas gracias por leer con esta atención. Las dos preguntas son muy válidas, y me obligan a ser más preciso, así que te respondo con el rigor que amerita.

      Antes que nada una aclaración de método, porque creo que ahí se destraban las dos cosas. El ensayo trabaja sobre casos documentados (Delhi, Cluj-Napoca, El Poblado, Laureles), y por eso me apoyo en las citas y no en una impresión general. Esa especificidad es la que sostiene todo lo demás.

      Sobre tu primera pregunta: cómo transforma la localidad al que llega. Lo que la literatura describe es una relación de poder más que un encuentro entre iguales. Zukin lo menciona: la cultura opera como mecanismo de legitimación. El visitante llega y consume el barrio, y el estudio sobre Delhi lo documenta cuando muestra cómo los negocios tradicionales van siendo reemplazados por establecimientos pensados para el consumidor global. Lo local termina volviéndose una oferta estetizada para quien llega. Hay flujo en las dos direcciones, y aun así el peso cae de un solo lado. Esa es la parte inquietante que me interesa sostener.

      Sobre tus tíos, y aquí te doy toda la razón. Me encanta que traigas ese ejemplo, porque es justo el tipo de cuerpo que el argumento necesita para no volverse abstracto. El ensayo ubica la adopción de códigos en las generaciones más jóvenes, esas que buscan entrar a los circuitos globales, y nunca afirma que todos cambien. El borrado del que hablo, siguiendo otra vez a Zukin, sucede en el plano simbólico: es el prestigio y la legitimidad de ciertos estilos lo que se erosiona dentro del nuevo orden. Las personas siguen ahí. Lo que cambia es cuánto pesan sus códigos en la lectura del barrio. Cluj-Napoca es claro en esto, porque lo que se desplaza junto a las comunidades son sus prácticas culturales. Tus tíos conservan sus códigos, y ojalá los conserven siempre. La pregunta final es quizás más aguda: ¿esos códigos siguen marcando estatus en el barrio, o empiezan a leerse como algo de antes? Que persistan me parece lo más valioso, porque son el lugar donde todavía se alcanza a ver con claridad lo que se está desplazando.

      Y en lo último estoy de acuerdo contigo, porque el planteamiento no es que esto se pueda revertir o frenar. El ensayo es un diagnóstico, un intento de nombrar el mecanismo con cuidado mientras todavía se deja ver.

  2. Me ga gustado el texto. Yo solo voy a compartir mi experiencia personal más reciente que tiene algo que ver con el tema. Me he mudado de España a Polonia por el trabajo, y llevo un mes viviendo en Poznañ. Es una ciudad preciosa por au arquitectura que se ha conservado en gran parte desde hace siglos, pero lo ridículo es que tengo muy dificil encontrar un sitio para comer comida polaca. Sí, comida polaca, en Polonia. Parece increíble, pero es así. No me refiero a comer cosas dulces, de eso hay, sino de comer platos salados, enteros, típicos enq la región. Hay mucho Starbucks, mucho burger, muchas pizzerías, sitios de ramen y sushi. Mucho kebab que aquí al colmo se llama Berlin Kebab. Incluso he visto más bares de tapas que sitios con la comida polaca. Y cuando le pregunto a la gente aquí recomendarme un sitio polaco, ellos dicen algo como “¿para qué?” y “eso aburre”. No tengo nada en contra de restaurantes internacionales y comida de varios orígenes, pero llega a ser absurdo. Y no es que no haya cocina y platos polacos, los hay y son estupendos, sino que la oferta de restaurantes se asemeja tantísimo a cualquier otra ciudad del mundo, que uno no tiene la sensación que vive en Polonia ni de modo visual, ni gustatorio. Casi solo el idioma (todavía) revela que estoy en Polonia, el resto es muy similar a cualquier otro lugar.

    • Muchas gracias por compartir tu experiencia y me sorprende que esto suceda. Quizás se internacionalizó hasta el punto de que su identidad gastronómica desapareció. Y justo eso es lo que debe prevenirse que suceda; no estoy en contra del crecimiento de las ciudades, pero debe ser planificado y preservar en lo posible la identidad. Me alegra que la ciudad conserve su arquitectura. ¡Saludos!

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