El inmigrante que rompe el molde

Hay un tipo de inmigrante que resulta profundamente incómodo. No para el sistema únicamente, sino también para una buena parte de los propios inmigrantes. Pero antes de decirte de cuál se trata, quiero contarte cómo llegué hasta aquí.

Últimamente he estado muy interesado en estudiar la interculturalidad a partir de mi propia experiencia viviendo entre dos países. Llegué a estos temas en parte porque mi terapeuta me lo recomendó, y en parte porque necesitaba entender algo que venía sintiendo sin poder nombrar. Y en los libros encontré teorías que me ayudaron a entenderme a mí mismo y, sobre todo, a entender a mi comunidad. A veces uno necesita que alguien más ponga en palabras lo que uno lleva años cargando en el cuerpo.

Ahora sí. El inmigrante del que hablo es ese que, aún perteneciendo a comunidades que históricamente han sido estigmatizadas y excluidas, el sistema no logra clasificar dentro del imaginario colectivo ni del estereotipo establecido. No hablo del que ostenta sus logros ni del que mira al resto desde arriba. Tampoco del que cree que su país o su cultura son mejores que los del vecino. Hablo del que tiene capital cultural, del que normalmente tiene formación académica, del que ante los ojos de la legalidad debería ser aceptado sin ningún cuestionamiento.

Pero no siempre funciona así.

Muchas veces su presencia resulta más incómoda que la de aquellos a quienes el sistema se da la libertad de estigmatizar y perseguir. Y eso sucede porque rompe el estereotipo. Y un estereotipo roto es una amenaza para quienes lo necesitan intacto.

Aquí es donde aparece Young Yun Kim y su libro Becoming Intercultural. Kim desarrolla un concepto que a mí me movió todo: el host conformity pressure, la presión de conformidad del entorno receptor. La teoría describe esa presión que el entorno ejerce sobre el inmigrante que destaca para que ocupe el lugar que el sistema le asignó. Ese lugar de allá abajito. Ese “tu luz me incomoda”. Y cuando ese inmigrante se niega a ocupar el sublugar que le fue reservado, la presión no desaparece. Aumenta.

Pero hay una capa más cruel.

Es la que aparece cuando la presión no viene del sistema, sino de otros inmigrantes. De los que ven en quien rompe el molde el reflejo de algo que sienten lejano. Y aquí quiero ser cuidadoso, porque es un terreno delicado: ninguno de los dos es responsable por las inequidades del sistema. Pero ambos sí son responsables por cómo manejan las emociones que nacen de sus privilegios o de sus desventajas. Y pasa mucho. Estoy seguro de que muchos de ustedes han sido testigos de cómo personas brillantes prefieren ocultar sus logros para no incomodar a otros, o para no ser atacadas.

Esto es especialmente común en nuestra comunidad latina, porque el imaginario que se ha construido sobre nosotros es extremadamente rígido. Y esa rigidez le resulta particularmente útil a cierto sector del sistema.

Un latino educado, seguro y competitivo, que no baja la mirada, no cabe en el imaginario. Y lo que no cabe genera hostilidad. No porque haya hecho algo malo, sino porque existe de una manera con la que muchos no están acostumbrados ni a verle ni a tratarle.

Y es justo ahí donde Kim ofrece la salida. La adaptación intercultural no significa adaptarte al lugar que el sistema te asigna. Significa construir una identidad que trascienda las categorías que otros necesitan imponerte. No se trata de encoger tu luz para que quepa en el molde. Se trata de negarte a que el molde defina el tamaño de tu luz.

Porque al final, incomodar no siempre es un problema que tengas que resolver. A veces incomodar es, simplemente, la prueba de que estás existiendo por fuera del guion que otros escribieron para ti.

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