Cuando las marcas celebran lo “ancestral” y lo “artesanal” sin involucrar a las comunidades que sostienen esas tradiciones, la inspiración se convierte en un mecanismo que oculta relaciones de poder profundamente asimétricas.
Fundé Bénieller en Colombia en 2014, una marca de ropa de baño masculina fabricada con telas recicladas por mujeres cabeza de hogar. Durante once años construyendo esa marca, observé de primera mano cómo la moda global trata territorios como el mío: como reservorios estéticos, proveedores de materiales y escenarios narrativos, sin establecer ningún mecanismo significativo de retorno. Lo que sigue no es teoría abstracta. Es un análisis estructural de algo que he vivido desde adentro.
El Extractivismo como Patrón Sistémico
La moda contemporánea opera dentro de una estructura global que reproduce desigualdades históricas al transformar los territorios del Sur Global en reservorios de materias primas, estéticas y narrativas culturales, sin establecer mecanismos de retorno. Esta dinámica refleja un orden económico que, como ha argumentado Jason Hickel, concentra la riqueza en los centros de consumo mientras externaliza los costos sociales y ecológicos hacia las regiones periféricas. El extractivismo en la moda no es, por lo tanto, un fenómeno aislado sino un patrón sistémico que define cómo se produce, circula y valora el diseño.
El concepto de extractivismo, originalmente aplicado a las economías mineras y agroindustriales, ha migrado hacia las industrias culturales y creativas con una precisión incómoda. En la moda, se manifiesta en tres registros interconectados: estético, material y narrativo.
Extractivismo Estético: La Cultura como Mercancía
El extractivismo estético se hace visible cuando patrones, iconografías o paletas cromáticas originarias de comunidades indígenas o afrodescendientes son incorporadas a colecciones sin reconocimiento ni participación económica de sus creadores. La industria transforma el conocimiento colectivo en mercancías descontextualizadas, reforzando una lógica en la que la cultura es tratada como un recurso disponible para quienes tienen el poder de comercializarla.
La noción de “inspiración” funciona frecuentemente como un mecanismo legitimador que oculta estas asimetrías de poder. Cuando una marca de lujo cita las tradiciones textiles andinas como “inspiración” mientras las comunidades que sostienen esas tradiciones no reciben ni crédito ni ingresos, la inspiración se convierte en una forma sofisticada de despojo.
Extractivismo Material: El Problema de la Retórica Verde
El extractivismo material intensifica la presión sobre ecosistemas vulnerables. La demanda global de fibras naturales, tintes botánicos y recursos minerales ha generado nuevas formas de explotación que se presentan como sostenibles mientras siguen operando bajo la misma lógica de extracción unilateral. La retórica verde adoptada por muchas marcas no garantiza redistribución económica ni participación comunitaria.
Esta es una distinción crítica: las declaraciones de sostenibilidad pueden funcionar como instrumentos de legitimidad de mercado más que como indicadores de un compromiso estructural genuino. Una marca que obtiene materiales “naturales” de una comunidad amazónica mientras retiene todo el poder de fijación de precios y la propiedad intelectual no es un actor sostenible, es uno extractivo más sofisticado.
Extractivismo Narrativo: Borrar Historias de Resistencia
El extractivismo narrativo transforma territorios complejos en paisajes simbólicos diseñados para alimentar campañas publicitarias. La moda recurre frecuentemente a imágenes del Sur Global para construir narrativas de autenticidad, espiritualidad o exotismo que funcionan como capital cultural para marcas que operan desde centros de consumo del Norte.
Esta estetización borra sistemáticamente historias de resistencia, conflictos socioambientales y desigualdades estructurales que configuran estas regiones. Como ha observado Anna Tsing en su análisis de las cadenas de valor globales, estos sistemas prosperan precisamente en contextos de vulnerabilidad: en territorios marcados por precariedad económica o ecológica, la creatividad local se convierte en materia prima para industrias que no establecen relaciones recíprocas.
Implicaciones de Política Pública: Donde el Diseño se Encuentra con la Gobernanza
Aquí es donde el análisis debe ir más allá de la elección individual del consumidor, que es como la mayoría del discurso de sostenibilidad generado por las marcas enmarca el problema, y avanzar hacia cuestiones de gobernanza y diseño institucional. La lógica extractiva de la moda no es un fallo de mercado que el consumo ético pueda corregir. Es una condición estructural que requiere intervención política.
Varios mecanismos merecen atención seria de los responsables de políticas e instituciones internacionales. Primero, requisitos obligatorios de trazabilidad geográfica y cultural, similares a los marcos existentes en los sistemas alimentarios, podrían establecer una responsabilidad básica sobre el origen de los insumos estéticos y materiales. Segundo, los marcos de propiedad intelectual necesitan urgentemente extenderse para cubrir el conocimiento cultural colectivo: el derecho de PI actual está diseñado para la autoría individual y falla sistemáticamente a las comunidades cuya creatividad es colectiva e intergeneracional. Tercero, políticas de redistribución en la cadena de valor, modeladas en la certificación de comercio justo pero con fuerza regulatoria, podrían exigir participación económica verificable de las comunidades de origen.
Los gobiernos del Sur Global, particularmente en América Latina, donde las industrias creativas representan tanto una oportunidad económica como sitios de soberanía cultural, tienen un interés específico en desarrollar marcos que protejan los bienes comunes creativos de sus territorios. Esto no es proteccionismo; es el diseño de sistemas que permitan que la innovación genere valor donde se origina.
Hacia una Práctica de Diseño Construida sobre la Reciprocidad
Algunas iniciativas emergentes demuestran que es posible construir sistemas de moda que no dependan del despojo. Estos proyectos priorizan el respeto por los territorios, la transparencia a lo largo de la cadena de valor y la coherencia entre el discurso y la acción. Su compromiso con la ética no es un accesorio de marketing sino el fundamento estructural de su identidad.
Una práctica de diseño ético requiere trazabilidad verificable, redistribución económica, colaboración directa con las comunidades y procesos que regeneren en lugar de agotar los ecosistemas. También exige una narrativa responsable: representar los territorios en su complejidad y dignidad en lugar de a través de simplificaciones exotizadas. En este sentido, el diseño deja de ser un ejercicio puramente estético para convertirse en una práctica política orientada hacia el cuidado y la justicia.
La pregunta no es si la moda puede ser ética. La pregunta es si los sistemas dentro de los cuales opera la moda, legales, económicos, institucionales, serán rediseñados para hacer que la ética sea estructuralmente posible en lugar de individualmente excepcional.
Referencias
Hickel, J. (2020). Less Is More: How Degrowth Will Save the World. Heinemann.
Tsing, A. L. (2015). The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton University Press.
Mignolo, W. D., & Walsh, C. E. (2018). On Decoloniality: Concepts, Analytics, Praxis. Duke University Press.
Sassen, S. (2014). Expulsions: Brutality and Complexity in the Global Economy. Harvard University Press.
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