Introducción
¿Somos de donde nacimos o de donde crecimos? La pregunta parece íntima, pero en la historia ha tenido una respuesta institucional. Durante más de cuatro siglos, en el mundo hispánico, la pregunta no era el dónde, sino el quiénes: ¿de quiénes desciendes?
Este ensayo sostiene una tesis sencilla. La manera de clasificar a las personas cambió de criterio muchas veces, de la sangre al color, del color a la ropa, de la ropa a la casa. Pero la lógica de fondo se mantuvo: una clasificación que decide quién pertenece y a qué tiene acceso.
Hoy esa clasificación tiene un territorio privilegiado: la vivienda. En Colombia se llama estrato. En Estados Unidos no tiene ese nombre, pero opera a través de la segregación residencial y del puntaje de crédito. Por eso la gentrificación, la segregación y el acceso a una vivienda digna no son temas separados de la historia de la clase social. Son su capítulo más reciente.
Escribo desde una posición particular. Soy colombiano, vivo en Atlanta y estudié diseño en Bogotá, donde la mayoría de los proyectos empiezan con la pregunta “¿a qué estrato va dirigido?”. En mis clases en Estados Unidos, la pregunta cambia de forma: “Is this for low income or high income? For blue-collar or white-collar workers?”. Este ensayo nace de esa diferencia.
La limpieza de sangre: cuando el valor dependía del linaje
Como muchos de mis seguidores saben, durante este año he investigado la gentrificación. En la primavera hice mi primera entrega, titulada Digital Nomadism, Gentrification and Local Fashion in El Poblado, Medellín. Básicamente, esa primera fase buscó responder esta pregunta:
How does Medellín’s integration into global creative economy circuits drive gentrification processes that erode and commodify local cultural capital, producing the aesthetic displacement of working-class urban identities in neighborhoods such as El Poblado and Laureles?
Luego llegaron el verano y el otoño, y he seguido avanzando en esta investigación de manera autónoma, porque mi objetivo es proponerla como eje de mis futuros estudios de posgrado en Estudios Urbanos (aún no decido si haré otra maestría o iré directo al doctorado). En ese camino encuentro fuentes que me permiten ampliarla y hacerla más sólida. Así llegué a Vivir contra el racismo, de Silvia Agüero, Nicolás Jiménez y Youssef M. Ouled, y decidí escribir este ensayo a partir de un concepto que, honestamente, desconocía: la limpieza de sangre.
El primer estatuto de limpieza de sangre nació en Toledo en 1449. Tras una revuelta contra los conversos, la llamada Sentencia-Estatuto de Pero Sarmiento los excluyó, junto con sus descendientes, de los cargos públicos de la ciudad (Archivo de la Diputación de Córdoba). El antecedente venía del siglo XIV: los pogromos de la década de 1390 habían empujado a miles de judíos a convertirse (New Mexico History).
La idea central era que la fe no bastaba. Para entrar a una universidad, una orden religiosa, un cabildo o un cargo, había que demostrar que se era “cristiano viejo”, sin antepasados judíos ni musulmanes. El bautismo no lavaba la ascendencia. Por eso varios historiadores ven aquí el paso de una diferencia religiosa a una diferencia heredada e inmutable, un antecedente de la idea moderna de raza. Otros sostienen que seguía siendo un antijudaísmo religioso, y el debate sigue abierto (Hérodote).
No fue una política de la Iglesia desde el principio. El papa Nicolás V condenó el estatuto de Toledo en 1449. Pero en 1547 el arzobispo Juan Martínez Silíceo lo impuso en la catedral de esa ciudad, y en 1555 y 1556 Felipe II y el papa Paulo IV lo ratificaron, anulando en la práctica la condena anterior (Maryks, Brill). Después llegaron los colegios mayores, las órdenes militares y religiosas, los gremios y la Inquisición.
El sistema duró más de cuatrocientos años. En el siglo XIX las pruebas ya habían perdido fuerza, y una ley de 1865 eliminó la limpieza de sangre como requisito para el matrimonio (Library of Congress). Lo que importa para este ensayo es su lógica: la Corona y sus instituciones decidían quién era digno de pertenecer, y la prueba era un documento sobre tus antepasados.
América: la sangre que se podía lavar
La limpieza de sangre cruzó el Atlántico y cambió de objetivo. En las colonias españolas se convirtió en la base de la sociedad de castas y del blanqueamiento socio-racial, y extendió la exclusión a quienes tenían ascendencia indígena o africana (Martínez, 2008). Una investigación de la Universidad Industrial de Santander sobre los pleitos por limpieza de sangre en Girón muestra que esa lógica también operó en el territorio que hoy es Colombia (UIS). La sangre “impura” ya no era solo judía o morisca: también era india y negra.
El sistema nombraba cada mezcla: mestizo, mulato, zambo, castizo. Las pinturas de castas del siglo XVIII en Nueva España las ordenaban como una escalera, y expresaban lo que una investigadora llama la utopía del blanqueamiento: la idea de que las castas inferiores podían ascender con éxito económico o mediante matrimonios (Universidad de Huelva).
Aquí aparece algo nuevo: la clasificación se podía negociar con dinero. A finales del siglo XVIII, familias de castas bajas que habían acumulado riqueza compraron certificados de blancura legal, las cédulas de gracias al sacar (TheCollector). La sangre, que en España era inmutable, en América se podía lavar (reseña de El peso de la sangre).
Con la independencia, las castas desaparecieron de la ley, pero no de la vida social. En la Colombia del siglo XIX, la ropa pasó a cumplir esa función. Bermúdez-Castillo y sus coautores muestran que la vestimenta operó como una herramienta antropográfica: una forma de clasificar a las personas por raza, clase, región y estatus. La élite criolla adoptaba la moda francesa e inglesa como señal de modernidad, mientras la ruana y las mantas marcaban a indígenas y mestizos (Journal of Design History). El cuerpo declaraba la posición antes que cualquier documento.
El estrato: de la sangre a la casa
En el siglo XX, Colombia volvió a ponerle número a la clase, esta vez a través de la vivienda. Según el DANE, la estratificación es la clasificación de los inmuebles residenciales de cada municipio, establecida por la Ley 142 de 1994, y no corresponde a las personas ni a sus ingresos (Portafolio). Para asignarlo se miran las vías de acceso, el andén, el antejardín, los garajes y el material de fachadas y techos (La República).
Su propósito era solidario. Los estratos 1, 2 y 3 reciben subsidios en agua, gas y energía; el 5 y el 6 los financian con un sobrecosto; el 4 ni paga ni recibe (El Colombiano). Según ONU-Hábitat, Colombia es el único país del mundo que aplica este sistema (Portafolio).
Pero el número salió de la factura y entró en la identidad. Con el tiempo, el estrato se volvió una etiqueta con la que los colombianos se presentan y juzgan a los demás (BBC Mundo vía MDZ). “Eso es muy estrato uno” juzga una forma de hablar, de vestir o una música. Las marcas segmentan por estrato, y en mis clases de diseño era lo primero que preguntábamos.
Desde la lógica del negocio, al diseño de interiores esa clasificación le funciona: los estratos 1, 2 y 3 no clasifican como clientes potenciales de un diseñador. El problema es que la profesión aprende a mirar la ciudad a través del estrato, y termina diseñando solo para una parte de ella.
Esa identidad no coincide con la realidad económica. Según el DNP, en 2019 había 2,8 millones de hogares con inconsistencias entre su ingreso y su estrato (Pulzo). Además, el sistema crea incentivos contradictorios: conviene estar abajo para pagar menos servicios, pero arriba para tener prestigio. Esa tensión entre el bolsillo y la aspiración es una de las raíces de lo que he llamado disonancia de clase: personas que dependen de un salario y no tienen patrimonio, pero se perciben como élite y se distinguen de quienes tienen menos.
La continuidad con la limpieza de sangre es de lógica, no de contenido. Ya no se prueba el linaje, se mira la fachada. Pero sigue siendo una clasificación oficial, visible y difícil de cambiar, que la mayoría hereda y que habla por la persona antes de que ella hable.
Estrato, segregación y gentrificación
El estrato no solo describe la ciudad: la organiza. Juan Yunda estudió los permisos de construcción en Bogotá y encontró que la estratificación determinó dónde se densificó la ciudad, más que los objetivos del Plan de Ordenamiento Territorial (Javeriana). La inversión privada sigue al número: donde el estrato es alto, se construye más y mejor.
El sistema también organiza dónde vive cada quien. Como los servicios cuestan según el estrato, los hogares eligen barrio pensando en la factura, y la ciudad se divide en zonas homogéneas (Portafolio). Un niño puede crecer sin convivir nunca con alguien de otro estrato.
Richard Florida ayuda a entender por qué ciudades como Medellín se volvieron imanes de gentrificación. En The Rise of the Creative Class (2002) sostuvo que las ciudades prosperan cuando atraen a la clase creativa, es decir, diseñadores, artistas y profesionales del conocimiento, gracias a tres factores: talento, tecnología y tolerancia. Para medir la tolerancia propuso indicadores como el Gay Index. Medellín adoptó ese modelo casi como marca: ciudad innovadora, Distrito de Innovación, destino de emprendedores y nómadas digitales.
Quince años después, el propio Florida revisó su tesis, en lo que una reseña de la LSE describe como una especie de mea culpa (LSE). En The New Urban Crisis (2017) reconoce que las mismas fuerzas que impulsan a las ciudades exitosas producen gentrificación, vivienda inasequible, segregación y desigualdad, y llama a ese fenómeno un urbanismo donde el ganador se lo lleva todo (Milwaukee Independent). Describe además una metrópolis de retazos, donde pequeñas zonas de privilegio quedan rodeadas de grandes áreas de pobreza (NY Journal of Books). Para un colombiano, esa imagen es familiar: es un mapa de estratos sin el número.
Medellín muestra qué pasa cuando llega la gentrificación a esa estructura. El Poblado y Laureles, barrios de estratos medios y altos, se volvieron destinos de nómadas digitales y rentas cortas. El Concejo de Medellín reportó en 2023 que los arriendos en la Comuna 14, El Poblado, subieron más de 65%, con desplazamiento de residentes hacia otros sectores (Telemedellín). En las calles de Provenza aparecieron carteles contra la gentrificación, y residentes dijeron no poder competir con salarios en dólares (El Colombiano).
Aquí el estrato funciona como mapa del desplazamiento. En una encuesta citada por Bloomberg Línea, el 52% de los encuestados del Valle de Aburrá dijo haber considerado mudarse a un estrato inferior para reducir costos. Una experta advierte que esa migración encarece a su vez los barrios populares que la reciben (Bloomberg Línea). La gentrificación baja en cascada por la escalera de los estratos.
El resultado es una paradoja. El extranjero que llega a El Poblado ocupa la identidad del estrato 6 sin compartir sus códigos locales, mientras el residente de siempre pierde el barrio que definía su posición. El estrato de la casa y el costo de mantenerla suben más rápido que los ingresos de quienes la compraron hace años. Y el acceso a una vivienda digna pasa a depender de algo que, otra vez, la mayoría no elige.
Estados Unidos: estratificar sin estratos
Estados Unidos no tiene estratos, pero sí tiene una historia de clasificación residencial hecha por el propio gobierno. Esa es la tesis de Richard Rothstein (2017) en The Color of Law: la segregación de las ciudades estadounidenses no fue un accidente del mercado, sino el resultado deliberado de políticas públicas, es decir, segregación de jure y no de facto (Rothstein, 2017, introducción) (LitCharts).
Richmond, California
El caso con el que Rothstein abre el libro, en el capítulo 1, “If San Francisco, Then Everywhere?”, es Richmond, California. Entre 1940 y 1945, los astilleros de la Segunda Guerra Mundial hicieron que la población pasara de 24.000 a más de 100.000 habitantes, y la población negra de 270 a 14.000. El gobierno federal construyó vivienda pública para esos trabajadores, explícitamente segregada: la destinada a familias negras estaba junto a las vías del tren, mal construida y pensada como temporal (Rothstein, 2017, p. 5) (Cato Institute). Para 1950, tres cuartas partes de la población negra de la ciudad vivía en esos proyectos, convertidos en gueto (eNotes).
Al mismo tiempo, en la misma ciudad, el gobierno respaldó Rollingwood, un suburbio reservado para blancos tanto por los requisitos de los préstamos de la FHA y la VA como por cláusulas restrictivas en las escrituras (Rothstein, 2017, caps. 1 y 5) (LitCharts). La política de vivienda del New Deal, desde los años treinta, solo construyó vivienda pública segregada, y la Administración Federal de Vivienda (FHA) negó el seguro hipotecario a barrios mixtos o negros (Rothstein, 2017, caps. 2 y 4) (LitCharts).
De Richmond a Milpitas
La historia de Frank Stevenson muestra el costo humano. Stevenson llegó a Richmond en 1944 y consiguió trabajo en la planta de Ford, que en los años treinta había tenido en su entrada un letrero: “No Mexican or Black Workers Wanted” (Rothstein, 2017, p. 8). La exclusión no alcanzaba solo a los afroamericanos, también a los mexicanos, y eso conecta esta historia con la de los latinos en Estados Unidos. Cuando Ford cerró esa planta a mediados de los años cincuenta y la trasladó a Milpitas, unos 250 trabajadores afroamericanos tuvieron muchas más dificultades para seguirla, porque en Milpitas no podían conseguir vivienda. Algunos formaron grupos para compartir el carro en un viaje de ida y vuelta de unos 160 kilómetros diarios. Stevenson hizo ese trayecto durante veinte años, y solo en 1975, cerca de jubilarse, pudo comprar su primera casa (Rothstein, 2017, cap. 1) (Portside). Rothstein se pregunta qué habría sido de sus nietos si sus padres hubieran crecido en un Milpitas integrado.
El puntaje de crédito: una clasificación contemporánea
Hoy la segregación de jure es ilegal, pero el acceso a la vivienda sigue mediado por un número: el puntaje de crédito. En el modelo FICO va de 300 a 850, y los prestamistas lo usan para decidir si prestan y a qué tasa. La diferencia entre un puntaje de 620 y uno de 760 puede costar decenas de miles de dólares durante la vida de una hipoteca (myFICO). Como inmigrante lo veo con claridad: si mi puntaje estuviera por debajo de 600, las tasas que me ofrecerían serían muy distintas a las que obtendría por encima de 718.
El puntaje no considera la raza, pero hereda sus efectos. Según el Urban Institute, la mediana del puntaje en comunidades mayoritariamente blancas es 727; en comunidades mayoritariamente negras, 627; en hispanas, 667; y en nativas americanas, 612 (Bankrate). Entre jóvenes de 25 a 29 años en comunidades mayoritariamente negras, la mediana es 582, por debajo del umbral subprime de 600 (CNBC). Además, cerca del 15% de los consumidores negros e hispanos no tiene historial crediticio, frente al 9% de blancos y asiáticos (WTOP).
La conexión con Rothstein es directa. Las familias excluidas de la vivienda propia en los años treinta a sesenta no acumularon el patrimonio que hoy respalda un buen historial de crédito. El puntaje parece neutral, pero mide en parte las consecuencias de una segregación que el gobierno construyó.
Conclusión: el criterio cambia, la lógica persiste
Vuelvo a la pregunta del título: ¿somos de donde nacemos o de donde crecemos? La historia que recorre este ensayo sugiere una respuesta distinta: muchas veces uno es lo que una clasificación decide que es.
En España, entre 1449 y 1865, el criterio fue el linaje: un expediente de limpieza de sangre decidía el acceso a cargos, universidades, órdenes religiosas y matrimonios. En la América colonial pasó a ser la ascendencia y el color, registrados en la casta y negociables con una cédula de gracias al sacar; de ellos dependían la posición social y los derechos. En la Colombia del siglo XIX, la apariencia ocupó ese lugar, y la ropa marcaba quién merecía reconocimiento.
Desde 1994, en Colombia, el criterio es la vivienda: el estrato en la factura define tarifas, identidad y segregación. En Estados Unidos, entre 1930 y 1960, la raza y el barrio, a través de los requisitos de la FHA y las escrituras restrictivas, determinaron quién accedía a la vivienda y al crédito. Y hoy, el historial financiero, resumido en un puntaje de crédito, decide tasas, hipotecas y arriendos.
En cada etapa el criterio es distinto, pero la estructura se repite: un número, un documento o una señal visible que la mayoría hereda, que se presenta como neutral y que decide a qué se tiene acceso. Y en cada etapa existe una vía para “lavar” la posición: comprar blancura, vestirse como la élite, mudarse de estrato, subir el puntaje. Esa vía casi siempre requiere el capital que la propia clasificación reparte de forma desigual.
Por eso la gentrificación no es solo un fenómeno de precios. Es el momento en que la clasificación se vuelve visible en el espacio: quién puede quedarse en un barrio, quién llega y quién se va. En Medellín se expresa en estratos; en Richmond se expresó en vivienda pública segregada; hoy, en Atlanta, se expresa también en un puntaje de crédito.
Quedan preguntas abiertas que me interesa seguir investigando:
- ¿Cómo se reconfigura la identidad de estrato cuando un barrio se gentrifica y cambia de habitantes?
- ¿Qué estrategias usan los migrantes latinos en Estados Unidos para negociar una clasificación que no conocían, como el puntaje de crédito?
- ¿Puede una política de vivienda focalizar subsidios sin convertir la clasificación en identidad?
Referencias
Libros y artículos académicos
- Agüero, Silvia; Jiménez, Nicolás y Ouled, Youssef M. Vivir contra el racismo. Pogromos y violencia racial en España. Los Libros de la Catarata. Capítulo “La limpieza de sangre y el origen del racismo español”. Ficha
- Bermúdez-Castillo, Jairo, et al. “Fashion and Image as Anthropographic Elements in Nineteenth-Century Colombia.” Journal of Design History, vol. 36, n.º 1, 2023, pp. 17–34. DOI
- Florida, Richard. The Rise of the Creative Class. Basic Books, 2002.
- Florida, Richard. The New Urban Crisis: How Our Cities Are Increasing Inequality, Deepening Segregation, and Failing the Middle Class—and What We Can Do About It. Basic Books, 2017. Ficha
- Hernández Franco, Jesús. Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV–XVII). Madrid, 2011. Reseña
- Martínez, María Elena. Genealogical Fictions: Limpieza de Sangre, Religion, and Gender in Colonial Mexico. Stanford University Press, 2008. Reseña
- Maryks, Robert A. The Jesuit Order as a Synagogue of Jews. Brill, 2010. Ficha
- Rothstein, Richard. The Color of Law: A Forgotten History of How Our Government Segregated America. Liveright, 2017.
- Yunda, Juan G. “Densificación y estratificación social en Bogotá: distribución sesgada de la inversión privada.” EURE, vol. 45, n.º 134, pp. 237–257. Resumen
Fuentes periodísticas y de referencia
- Portafolio – Estratificación y movilidad
- Portafolio – Estratos y clases sociales según el DANE
- La República – Los estratos y la realidad económica de las familias
- El Colombiano – El mapa de los estratos
- BBC Mundo vía MDZ – Qué son los estratos
- Pulzo – Por qué hay estratos en Colombia
- Telemedellín – Gentrificación en El Poblado
- El Colombiano – Arriendos y gentrificación en Medellín
- Bloomberg Línea – Arriendos en Medellín
- Archivo de la Diputación de Córdoba – Expedientes de limpieza de sangre
- New Mexico History – Limpieza de sangre
- Hérodote – Limpieza de sangre
- Library of Congress – Limpieza de sangre: aplicaciones legales
- Universidad Industrial de Santander – Pleitos por limpieza de sangre en Girón
- Universidad de Huelva – Pinturas de castas
- Redalyc – Reseña de El peso de la sangre
- TheCollector – Casta paintings
- LSE – Reseña de The New Urban Crisis
- Milwaukee Independent – Richard Florida y The New Urban Crisis
- NY Journal of Books – Reseña de The New Urban Crisis
- LitCharts – The Color of Law
- LitCharts – Rollingwood
- Cato Institute – Knowing About Segregationist Housing Policy
- eNotes – The Color of Law, resúmenes
- Portside – Raising Consciousness About The Color of Law
- myFICO – Puntaje y tasas hipotecarias
- Bankrate – Raza y puntaje de crédito
- CNBC – Puntaje de jóvenes en comunidades minoritarias
- WTOP – Raza y puntaje de crédito
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